domingo, agosto 30, 2009

Medios y política



Al igual que lo hiciera en su momento un periodista del grupo Clarín (uno al que le aburre el debate por la ley de medios), en la edición de ayer de Crítica apareció una columna de opinión de Silvio Santamarina que gira en torno del eje de cuánto es el poder que efectivamente tienen los medios, con preguntas como "¿No será que estamos exagerando el supuesto poder de los medios de comunicación? O, mejor dicho, ¿no será que tanto dirigentes como ciudadanos comunes hemos abdicado cómodamente de nuestra responsabilidad de hacer política cuerpo a cuerpo, más real y territorial, además de la política virtual que ofrece la arena mediática?".

Para responder a estos interrogantes y reflexionar acerca de la relación entre medios y política, en respuesta a esa y otras columnas que seguramente estaremos leyendo en la misma línea hay un autor francés que hace casi 200 años analizaba el fenómeno de la democracia y su relación con los medios. Pensador, jurista, político e historiador, Alexis de Tocqueville publicó su célebre La democracia en América en 1835 y tiene varias cosas que aportar al debate del rol de los medios en la sociedad. A continuación un recorrido por algunos de los pasajes respecto a este tema que está ampliamente desarrollado en el libro (y tengamos presente la época en la que fue escrito: no había televisión, radios ni monopolios multimediáticos; en una sociedad de masas los medios de comunicación tienen un papel aún más relevante que en aquellos años).

Relación que existe entre las asociaciones y los periódicos

No estando los hombres ligados entre sí de un modo sólido y permanente, no puede lograrse que un gran número obre en común, a no ser que se persuada a cada uno de aquéllos cuyo concurso es necesario, de que su interés particular los obliga a unir sus esfuerzos a los de todos los demás.

Esto no se puede hacer habitual y cómodamente, más que con la ayuda de un diario. Sólo él puede llevar a la vez a mil espíritus el mismo pensamiento.

Un diario es un consejero a quien no hay necesidad de ir a buscar, porque se presenta todos los días por sí mismo y habla brevemente del negocio común, sin distraer de los negocios particulares. Los periódicos se hacen más necesarios a medida que los hombres son más iguales y es más de temer el individualismo. Sería disminuir su importancia pensar que no sirven sino para garantizar la libertad, cuando sostienen y conservan igualmente la civilización.

No negaré que, en los países democráticos, los diarios llevan frecuentemente a los ciudadanos a realizar, en común, empresas disparatadas; pero, si no existiesen éstos, apenas habría acción común. Así, pues, el mal que producen es infinitamente menor que el que remedian. Un diario, no solamente tiene por objeto sugerir a un gran número de hombres el mismo designio, sino que también les suministra los medios de ejecutar en común lo que han concebido por sí solos.

Los ciudadanos más notables que habitan en un país aristocrático se descubren desde lejos, y si quieren reunir sus esfuerzos caminan los unos hacia los otros arrastrando consigo a la multitud.

En los países democráticos sucede muchas veces lo contrario; un gran número de hombres que tienen el deseo o la necesidad de asociarse, no pueden hacerlo, porque siendo todos muy pequeños y estando perdidos entre la multitud, no se ven ni saben en dónde encontrarse. Aparece un periódico, que expone a los ojos del público el sentimiento o la idea que se presentó simultáneamente y en forma separada a cada uno de ellos; entonces todos se dirigen hacia esta luz, y aquellos espíritus vacilantes que se buscaban hacía largo tiempo en las tinieblas, se encuentran al fin y se reúnen.

El periódico, después de haberlos reunido, continúa siéndoles necesario para mantenerlos unidos.

Para que una asociación tenga algún poder en un pueblo democrático, es necesario que sea numerosa y como los que la componen están ordinariamente diseminados en un gran espacio y cada uno de ellos tiene que permanecer en el lugar que habita, ya sea por la mediocridad de su fortuna o por la gran cantidad de pequeños cuidados que exige, les es indispensable hallar un medio de hablarse todos los días, sin verse, y marchar de acuerdo, sin estar reunidos. Por lo tanto, no hay ninguna asociación democrática que no tenga necesidad de un periódico.

Entre las asociaciones y los periódicos existe, pues, una relación necesaria. Los periódicos forman las asociaciones y las asociaciones hacen los periódicos, y si es cierto como se ha dicho que las asociaciones deben multiplicarse a medida que las condiciones se igualan, no lo es menos que el número de periódicos crece a medida que las asociaciones aumentan.

Por esto, Norteamérica es el país del mundo en que se encuentran a la vez más asociaciones y más periódicos.

Esta relación entre el número de periódicos y el de asociaciones, nos conduce a descubrir otra, entre el estado de la prensa periódica y la forma de la administración del país, y nos enseña que el número de periódicos de un pueblo democrático debe disminuir o crecer, a medida que la centralización administrativa es más o menos grande, porque en los pueblos democráticos no puede confiarse, como en los aristocráticos, el ejercicio de los poderes locales a los principales, y es preciso abolir estos poderes o extender su uso a un gran número de hombres. Éstos forman una verdadera asociación establecida por la ley de un modo permanente, para la administración de una parte del territorio, y tienen necesidad de que un diario venga a buscarlos cada día en medio de sus quehaceres y les diga en qué estado se encuentran los asuntos públicos. Mientras más numerosos son los poderes locales, mayor es el número de los que la ley llama a ejercerlos, y cuanto más se multiplican los diarios, tanto más esta necesidad se hace sentir a cada instante.

La división infinita del poder administrativo, más que la gran libertad política y la independencia absoluta de la prensa, es lo que multiplica tan singularmente los diarios en Norteamérica. Si todos los habitantes de la Unión fueran electores, bajo un sistema que limitase su derecho electoral a la elección de los legisladores del Estado, no necesitarían sino de un corto número de diarios, porque no tendrían más que algunas ocasiones, muy raras aunque muy importantes, de obrar juntos; pero, dentro de la gran asociación nacional, la ley ha creado en cada provincia, en cada ciudad y, por decirlo así, en cada pueblo, pequeñas asociaciones que tienen por objeto la administración local. De este modo, el legislador ha obligado a cada norteamericano a concurrir diariamente, con algunos de sus conciudadanos, a una obra común, y todos necesitan, por consecuencia, un diario que les diga lo que hacen los demás(...) Los diarios no se multiplican sólo porque sean baratos, sino según la necesidad más o menos frecuente que tiene un gran número de hombres de comunicarse y de obrar en común. Yo atribuiría también el poder creciente de los diarios a razones más generales de las que se alegan frecuentemente para explicarla. Un diario no puede subsistir, sino a condición de reproducir una doctrina o un sentimiento común a un gran número de hombres: representa siempre a una asociación cuyos miembros son sus lectores habituales.

Esta asociación puede ser más o menos definida, más o menos estrecha, más o menos numerosa; pero siempre existe su germen en los espíritus, puesto que el periódico no muere.

De aquí nace otra reflexión que terminará este capítulo. Cuanto más iguales se hacen las condiciones, tanto más débiles son los hombres individualmente, con tanta más facilidad se dejan arrastrar por la corriente de la multitud y más trabajo les cuesta mantenerse solos en una opinión que ella abandona.

El diario representa a la asociación y puede decirse que habla a cada uno de sus lectores en nombre de todos los demás; los arrastra con tanta más facilidad cuanto más débiles son individualmente.

El imperio de los diarios debe, pues, crecer a medida que los hombres se igualan.
(...)
La libertad de prensa no deja solamente sentir su poder sobre la opinión política, sino también sobre todas las opiniones de los hombres. No modifica sólo las leyes, sino las costumbres. En otra parte de esta obra, trataré de determinar el grado de influencia que ha ejercido la libertad de prensa sobre la sociedad civil en los Estados Unidos; tratare de discernir la dirección que ha dado a las ideas, y las costumbres que ha hecho tomar al espíritu y a los sentimientos de los norteamericanos. En este momento, no quiero examinar sino los efectos producidos por la libertad de prensa en el mundo político.

Confieso que no profeso a la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo que se otorga a las cosas soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero por consideración a los males que impide, más que a los bienes que realiza.(...) A la inversa de todas las potencias materiales, el poder del pensamiento aumenta a menudo por el pequeño número de quienes lo expresan. La palabra de un hombre poderoso, que penetra sola en medio de las pasiones de una asamblea muda, tiene mayor poder que los gritos confusos de mil oradores; y por poco que se pueda hablar libremente en un solo lugar público, es como si se hablara públicamente en cada aldea. Os es necesario, pues, destruir la libertad de hablar, tanto como la de escribir; esta vez, estamos en el puerto: todos se callan. ¿Pero a dónde habéis llegado? Habéis partido de los abusos de la libertad, y os encuentro bajo los pies de un déspota.
(...)
En un país donde rige ostensiblemente el dogma de la soberanía del pueblo, la censura no es solamente un peligro, sino un absurdo inmenso. Cuando se concede a cada uno el derecho de gobernar a la sociedad, es necesario reconocerle la capacidad de escoger entre las diferentes opiniones que agitan a sus contemporáneos, y de apreciar los diferentes hechos cuyo conocimiento puede guiarle.

La soberanía del pueblo y la libertad de la prensa son, pues, dos cosas enteramente correlativas: la censura y el voto universal son, por el contrario, dos cosas que se contradicen y no pueden encontrarse largo tiempo en las instituciones políticas de un mismo pueblo. Entre los doce millones de hombres que viven en el territorio de los Estados Unidos, no hay uno solo que haya propuesto todavía restringir la libertad de prensa.

El primer periódico que cayó en mis manos al llegar a Norteamérica contenía el artículo siguiente, que traduzco con fidelidad:

En todo este asunto, el lenguaje de Jackson (el Presidente) ha sido el de un déspota sin corazón, preocupado únicamente por conservar su poder. La ambición es su crimen, y en ella encontrará su castigo. Tiene por vocación la intriga, y la intriga confundirá sus designios y le arrancará su poder. Gobierna por la corrupción, y sus maniobras culpables tenderán a su confusión y a su vergüenza. Se ha mostrado en la arena política como un jugador sin pudor y sin freno. Ha triunfado; pero la hora de la justicia se acerca. Bien pronto le será preciso devolver lo que ha ganado, arrojar lejos de si su dado engañador, y acabar en algún retiro donde pueda blasfemar en libertad contra su locura, porque el arrepentimiento no es una virtud que haya sido dado a su corazón conocer jamás.


Muchas personas en Francia se imaginan que la violencia de la prensa depende entre nosotros de la inestabilidad del estado social, de nuestras pasiones políticas y del malestar general que es su consecuencia. Esperan, pues, sin cesar, una época en que, al recuperar la sociedad una vida tranquila, la prensa se calmará a su vez. En cuanto a mí, atribuiría de buena gana a las causas indicadas arriba el extremo ascendiente que tiene sobre nosotros; pero no creo que esas causas influyan mucho sobre su lenguaje. La prensa periódica me parece tener instintos y pasiones propios de ella, independientemente de las circunstancias entre las que actúa.
(...)
Ahora bien, en todas las cosas la mayoría hace ley y establece cierto ritmo con el que todos en seguida se conforman; el conjunto de esos hábitos comunes se llama un espíritu: hay el espíritu de la barra, el espíritu de la corte. El espíritu del periodista, en Francia, es discutir de una manera violenta, pero elevada y a menudo elocuente, los grandes intereses del Estado. Si no es siempre así, es porque toda regla tiene sus excepciones. El espíritu del periodista, en los Estados Unidos, es atacar groseramente, sin arte y sin concierto, las pasiones de aquéllos a quienes se dirige; abandonar los principios para cebarse en los hombres; seguir a éstos en su vida privada, y poner al desnudo sus debilidades y sus vicios.

Es deplorable tal abuso del pensamiento. Más tarde, tendré ocasión de investigar qué influencia ejercen los periódicos sobre el gusto y la moralidad del pueblo norteamericano; pero, lo repito, no me ocupo en este momento sino del mundo político. No puede uno dejar de admitir que los efectos políticos de esta licencia de la prensa contribuyen indirectamente al mantenimiento de la tranquilidad pública. Resulta de ello que los hombres que tienen ya una posición elevada en la opinión de sus conciudadanos, no se atreven a escribir en los periódicos, y pierden así el arma más temible de que pueden servirse para remover en su provecho las pasiones populares. Resulta de esto, sobre todo, que las opiniones personales expresadas por los periodistas no son, por decirlo así, de ningún peso ante los ojos de los lectores. Lo que ellos buscan en los periódicos, es el conocimiento de los hechos. Sólo alterando o desnaturalizando esos hechos es como el periodista puede dar a su opinión alguna influencia.

Reducida a esos únicos recursos, la prensa ejerce todavía un inmenso poder en Norteamérica. Hace circular la vida política en todas las partes de ese vasto territorio. Es ella la que con ojo siempre vigilante pone sin cesar al descubierto los secretos resortes de la política, y obliga a los hombres públicos a comparecer alternativamente ante el tribunal de la opinión. Es ella la que concilia los intereses en torno de ciertas doctrinas y formula el programa de los partidos; por medio de ella, éstos se hablan sin verse y se escuchan sin ponerse en contacto. Cuando un gran número de órganos de la prensa logra caminar por la misma vía, su influencia a la larga se hace casi inevitable y la opinión pública, atacada siempre por el mismo lado, acaba por ceder ante sus golpes.

En los Estados Unidos, cada periódico tiene individualmente poco poder; pero la prensa periódica, es todavía, después del pueblo, la primera de las potencias (...) Un gran hombre ha dicho que la ignorancia estaba en los dos extremos de la ciencia. Tal vez hubiera sido más exacto decir que láS convicciones profundas no se encuentran sino en los dos extremos, y que en medio está la duda. Se puede considerar, en efecto, a la inteligencia humana en tres estados distintos y a menudo sucesivos.

El hombre cree firmemente, porque acepta sin profundizar. Duda cuando las objeciones se presentan. A menudo logra resolver todas sus dudas, y entonces vuelve a comenzar a creer. Esta vez, ya no abraza la verdad al azar y en tinieblas; sino que la ve frente a frente y camina directamente hacia su luz (2).

Cuando la libertad de la prensa encuentra a los hombres en el primer estado, les deja durante largo tiempo todavía ese hábito de creer firmemente sin reflexionar; solamente que ella cambia cada día el objeto de sus creencias irreflexivas. En todo el horizonte intelectual, el espíritu del hombre continúa, pues, no viendo sino un punto a la vez; pero ese punto varía sin cesar. Éste es el tiempo de las revoluciones súbitas. ¡Desdichadas las generaciones que, primero, admiten de repente la libertad de la prensa!

Bien pronto, sin embargo, el círculo de las ideas nuevas ha sido recorrido. La experiencia llega, y el hombre se sumerge en una duda y en una desconfianza universales.

Puede decirse que la mayoría de los hombres se detendrá en uno de estos dos estados: o creerá sin saber por qué, o no sabrá precisamente lo que debe creer.

En cuanto a esa otra especie de convicción reflexiva y dueña de sí misma, que nace de la ciencia y se eleva en medio de las mismas agitaciones de la duda, no será nunca dado alcanzada sino a un número muy pequeño de hombres.

Ahora bien, se ha observado que, en los siglos de fervor religioso, los hombres cambiaban algunas veces de creencia; en tanto que en los siglos de duda cada uno guardaba obstinadamente la suya. Acontece otro tanto en la política, bajo el imperio de la libertad de prensa. Habiendo sido combatidas y puestas en tela de juicio alternativamente todas las teorías sociales, los que se hallan adheridos a alguna la conservan, no tanto porque están seguros de que es buena, sino porque no están seguros de que haya alguna mejor.

En esos siglos, no se hacen matar tan fácilmente por sus opiniones; pero no se cambian, y se encuentran en ellos, a la vez, menos mártires y menos apóstatas.

Añádase a esta razón otra más poderosa aún: en la duda de las opiniones, los hombres acaban por adherirse únicamente a los instintos y a los intereses materiales, que son mucho más visibles, más tangibles y permanentes por naturaleza que las opiniones.

Saludos
D.F.

Imagen: psnpuertorico.wordpress.com
El libro completo aquí.

5 respuestas:

Joaco dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Juan Pablo dijo...

Otra obra super interesante sobre el poder de los medios es "La guerra del Golfo no ha tenido lugar" de Jean Baudrillard. Es un ensayo filosófico sobre la muerte de la realidad (la guerra en este caso) en pos de la virtualidad. Hay allí un pasaje que me encanta "La publicidad tampoco es la prolongación de la economía por otros medios. Es, por el contrario, el mero producto de la incertidumbre en lo que a los intereses racionales de la producción se refiere. (...) La publicidad es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobreviviría sin duda incluso a una confrontación nuclear. Es nuestro Juicio Final. Pero también es como una función biológica; devora nuestra sustancia, pero es también como una planta parasitaria o la flora intestinal, lo que nos permite metabolizar lo que absorbemos, convertir el mundo y la violencia del mundo en una sustancia consumible."

Otro libro que yo siempre recomiendo en este tema, y podría ir para este periodista sorprendido por el poder de su patronal, es "Cartas de Lexington", de Noam Chomsky, donde analiza veintipico columnas del New York Times y en especial despedaza a Friedman, premio Pulitzer entre otras cosas, contrastando con informaciones de otras fuentes.

Una de sus frases mas conocidas es "La propaganda es a la democracia lo que la violencia a las dictaduras".

Saludos.

Anónimo dijo...

Decile a Fidel, el asesino bueno, que con Granma le dice todos los días a los cubanos que están en el paraíso. Aún así parece que los tipos sospechan que les están mintiendo y se van en balsa a donde sea.

javier dijo...

sobre el poder de los medios, 2 pelis

1) network

2) wag the dog

yevgeny dijo...

Lo meto acá, ya que hay tan pocos comentarios en el post:

"...no existe para mis oídos en 60 años, una mentira más extraordinaria que la que los medios dicen respecto a pedir que no salga la ley de radiodifusión en nombre de la libertad de prensa. Se les tendría que cae la cara de vergüenza. Y me voy a permitir dar algunos ejemplos de por qué pienso que es esa es una extraordinaria mentira. Si quieren estar del lado del multimedio, si son menesterosos mediáticos que necesitan prensa, si creen que ayudando ahora al multimedio ellos serán ayudados y que después cuando estén en el poder, no van a padecer lo mismo. Si son ingenuos, allá ellos. Si son cómplices, allá ellos. Si son personas que reciben algo más, allá ellos también. Pueden decir que lo defienden porque el gobierno no les gusta, porque el gobierno hace mucho para que efectivamente no nos guste. Pero lo que no deben decir, porque es una gran mentira, es que lo hacen en nombre de la libertad de prensa. Esa libertad que es mucho mejor cuando tenemos muchos medios. Si yo tengo que irme de este medio, ojalá hubiese 290 para recibirme y no uno que tiene 20 medios, ¡qué digo 20!, el grupo Clarín tiene 264 conocidos, de los cuales 246 son los que están en tela de juicio. Y son los que seguramente van a estar más objetados por la ley de radiodifusión, los que les pueden quitar y por eso lanza la campaña a través de todas las voces, las de antes, las de ahora, las de todos los medios. La lucha es particularmente despareja, el gobierno que se hace querer cada vez menos, que no acierta ni cuando acierta en muchísimas ocasiones, dijo el otro día una gran verdad, hay poderes muchísimo más fuertes que el gobierno, la indefensión, la pobreza de medios del gobierno de medios frente a lo que se ha desatado desde el punto de vista multimediático, habla de un gigante contra un enano en esta pelea y el enano es el gobierno. El verdadero poder está del lado de los medios, 264 medios más los afines, más los cómplices, más 70 diputados y senadores de la oposición, todos lanzados por lo mismo medios y por los mismos canales a decir que quieren defender la libertad de prensa. Les agradezco enormemente, cuando mi programa “Protagonistas de la segunda Argentina”, que ahora va por Canal 26, iba a ir en el Canal Metro y estaba todo arreglado y supieron que el conductor era quien les habla, el Canal Metro que al mismo tiempo es como el canal de tango, el canal de comidas, el canal de lo que sea, más TN y TyC y todos los TyC que anden bollando, son del grupo y me prohibieron. Pruebas: muchísimas les puedo ofrecer a quienes pretenden ahora decir que defienden en nombre de la libertad de prensa a quienes condenan la libertad de prensa. No existe mayor condena para los periodistas que no tener diversidad de medios donde trabajar y no existe peor condena para la opinión pública que no tener diversidad de medios desde las cuales opinar. Ya les he dicho que yo lamento que estas palabras mías estén en desacuerdo con lo que seguramente es el punto de vista de la radio que también tiene unos cuantos medios para defender, lo lamento. Éste es mi punto de vista, enfático y de hace muchísimo tiempo."
Victor Hugo Morales.

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