domingo, enero 02, 2005

La velocidad mató al tiempo.


El día argentino, desde sus horas más tempranas, se desliza o se derrumba hacia la noche entre miles de palabras, entre una sofocante catarata de sonidos que –siendo, en su origen, palabras– terminan por ser ruido. Sería arduo resistir aquí la tentación de la cita de Shakespeare: “La historia es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia”. No expresa, sin embargo, la situación argentina. Aquí, lo que –sobre todo– las radios y luego la televisión (que adquiere protagonismo hacia la noche: esperando el regreso a casa del pasivo “receptor” para añadirle al estrépito de la palabra la contundencia, siempre veloz, de la imagen) cuentan no es la “historia” sino la “realidad”, los “hechos”, lo que pasó, las “cosas” que pasaron. (Es remarcable esta sinonimia: los “hechos”, para el logos obsesivo-compulsivo radial, para, digamos, su pasión logorreica, son “cosas”. Se dice: “Las ‘cosas’ que pasan en este país”. Se dice: “Los ‘hechos’ fueron así”. O: “Las ‘cosas’ fueron así”.) Quienes cuentan estas “cosas”, de idiotas no tienen nada. Pero despliegan sonido y furia hasta el más completo desmadre. Todos opinan, todos juzgan, todos condenan, todos absuelven, todos preguntan y todos, sin detenerse, vuelven a opinar. Y si se cansan de opinar llaman –teléfono mediante– a quienes opinen como ellos o no, en cuyo caso vuelven a opinar, criticándolos. Reciben llamados. Así, ésta es la ficción, el “pueblo” habla en las radios. Mónica de Flores. Raúl de Almagro. Dalmacio de Caballito o Pedro de Belgrano. Todos, también, opinan. Para opinar, hablan. Emiten juicios terminantes sobre las “cosas que pasan”. Hay un “universal” que nadie soslaya: los “argentinos”. “Los argentinos no podemos seguir tolerando.” O: “Ya es hora de que los argentinos”. O también: “¿Hasta cuándo los argentinos?” O: “Yo, como argentino, me niego a”. (Si es argentino, ¿cómo qué otra cosa podría negarse? ¿Cómo escandinavo?) Esa “voz popular” está manipulada. Si se trata de los clásicos reclamos sobre la falta de seguridad, abundarán los llamados que denuncian asaltos, violaciones y hasta los pensamientos “espontáneos”, “libres”, de los oyentes, casi siempre más cavernícolas que los que manejan el programa.

Sería –por qué no reconocerlo– injusto calificar de “cavernícola” la logorrea radial de la derecha ideológica. De los imponentes discursos de Lugones en el Teatro Coliseo, del fastuoso discurso de la “hora de la espada” en el aniversario de la batalla de Ayacucho, de las “arengas patrióticas” de Manuel Carlés, de la verba nacionalista y brillante y hasta erudita de Carlos Ibarguren, de los discursos prolijamente escritos del almirante Massera (“ganaremos la guerra, pero sobre todo ganaremos la paz” o esa joya teórico-paranoica: “El sistema, como dice el enemigo”), del rugido cuartelero y macabro de Videla: “Morirán todos los que tengan que morir”, o de la ronquera compadrita, bélica y etílico-pendenciera de Galtieri al humor grueso, a la guaranguería incesante, a las ásperas puteadas del líder de la derecha radial argentina, Chiche Gelblung, ha corrido mucha agua bajo el puente (y también mucha sangre). Chiche, a esta altura de los tiempos, es el fascista más jodón de la historia argentina. Habla como un tipo de barrio, mete toda clase de coloquialismos populistas, su mejor comentario es, casi siempre, una buena puteada y su obra maestra es el timbre de su voz. Se acabaron esos tonos altisonantes de tipos como, pongamos, Carlos Varela. O la dicción cuidada, el escalpelo analítico del doctor Grondona. No, Chiche habla como eso que solía decirse: “Como un carrero”. Ya, es cierto, no hay “carreros”: están en las radios. Y ejercitan el fascismo en la modalidad de la guarangada. No será ocioso comparar brevemente el tono doctoral de Grondona con la voz acatarrada, con el carraspeo tosco, con las cadencias reas de Chiche. ¿Qué determinó este paso? La derecha ha decidido ser popular. Ser graciosa. Ser entretenida. Decir chistes y gastar sin piedad a sus enemigos. Instrumenta lo peor de la llamada “cultura popular”. O de lo que habitualmente los “argentinos” entienden por eso. Lo “popular” es propio de los hombres. Son los hombres quienes viven en lo “popular”. Las mujeres están en otra parte. Para el “varón argentino” la mujer es el Otro, lo distinto. A lo sumo pueden concederle ser “la sal de la vida”. O sea, un aderezo; no la comida, ni menos aún el plato principal, sino algo que le da sabor a “la vida”. Porque “la vida” es la vida de los hombres y las mujeres un condimento de esa vida. De aquí el machismo que destila la logorrea facho radial. A un perfecto troglodita le dijeron que fuera a cubrir una nota a la Facultad de Filosofía y Letras. Y el patético enfermo dijo: “Cómo no, va a ser un placer. Total, las zurditas son fáciles”. (Recuerdo una nota de Sandra Russo señalándole que lo mismo pensaban los violadores en los campos de concentración de la dictadura.) Ni hablar de los brotes homofóbicos. O de la bronca a “los trolos”. La cargada pícara, malintencionada a los “marcha atrás”, a los “maricones” o, sin más, a los “putos”. O la xenofobia. Aquí se lucen de modo especial, llegan a alturas inigualadas. El facho radial es dueño del país. Ese “universal” que tanto usa –“los argentinos”– puede tomar un tono combativo y ferozmente excluyente en cualquier momento. Bolitas, chilotes, paraguas, todos nos vienen a quitar lo nuestro. “Aquí se viene a laburar o no se viene.” “Si no quieren laburar, que se vayan.” El léxico del facho radial es directo. Detesta el culturanismo. Grondona citaba a Aristóteles para hablar de la democracia. A Hobbes para hablar del orden. A Ortega para todo uso, pero sobre todo para decir: “Argentinos, a las cosas”. A Maquiavelo para aconsejar al Príncipe ejercer la autoridad, para aceptar ser más temido que amado. (“Sacrificio” que Videla encarnó a la perfección. Porque no era un “demagogo”. ¡Tantas veces (le) dijo esto nuestro ideólogo patrio!) O a Hayek o a Friedman o –retrocediendo– a Adam Smith para hablar de la indispensable libertad de la economía. Bien, se acabó.

El facho radial la tiene y la dice clara: “Aquí hay que laburar. Si todos laburamos, todo va bien. El orden hay que respetarlo y las normas están para eso. La policía les da seguridad a los ciudadanos: no hay que ponerle trabas. Los militares derrotaron a la subversión. Los subversivos eran todos zurdos y se la buscaron. La seguridad es mano dura. Sin mano dura no hay seguridad. Hay que aumentar las penas y bajar la imputabilidad a cuatro años; si no, cualquier negrito te afana. Los políticos son todos chorros. Si el Gobierno no reprime, no está gobernando y a este país hay que gobernarlo. Los travestis dan asco. Las calles tienen que ser para la gente que trabaja. Los piqueteros nos sacan la libertad. Hay que garantizar la libertad. Maradona es un pobre tipo que se reventó con la coca. Charly García, otro. Aunque sea amigo de Menem, es un pirado. Y los intelectuales, ¿qué querés con los intelectuales? Son todos zurdos los intelectuales. Y eso que ahora algunos se están avivando: saben cómo viene la mano y se ponen en la veredita del sol. Pero no les crean. Leyeron demasiados libros, les falta calle, cancha. No te los ponés en la mochila ni por joda”.

A la noche, el “oyente” llega a su casa y se transforma en “televidente”. Ahora (también aquí) todo es rápido. La estética de la velocidad es propia de la desensibilización. Se trata de mostrarle todo y que, a la vez, usted no vea nada. Es muy fácil. Usted está frente a la tele y “ve” las fotos de las torturas en Irak. Algo empieza a surgir en su conciencia abotagada. Acaso usted empieza a indignarse. O a sentir asco. O a incursionar en el horror. A ser capaz de abrirse a él, recibirlo. ¡No, ya está, se terminó! Pasamos a otra cosa. A un comercial: una mayonesa, un yogur, un chicle laxante. O al avance de una telenovela, la compleja problemática de Los Roldán y esa chica Florencia de la V., que ratonea (incómoda pero ardorosamente) a todos y que ni por asomo va a incendiar la Legislatura, entre otras cosas porque le va bárbaro. La estética de la tele es provocar la emoción y licuarla en seguida. Nada dura lo suficiente como para despertar algo verdadero frente a la guerra, la tortura, el hambre.

Estados Unidos tortura en Irak, pero Estados Unidos es Occidente y Occidente hizo la Revolución Comunicacional. Ergo, si les mostramos las torturas de los marines enseguida les mandamos una mayonesa, una teta, un culo de alguna lolita o los ratoneamos con Florencia. Ahora, si queremos IMPONER algo, nos vamos a detener cuanto haga falta. Queremos imponer (cuándo no) “seguridad”. Venga, señor Blumberg, todo el espacio es suyo. Sin embargo, la facho-tele es víctima de su propia estética vértigo. Lo han tenido horas al señor Blumberg. Ya se agotó. Todo es efímero. Todo es rápido. Las frases lo dicen. “En la televisión el tiempo es tirano.” O si no: “¿Para cuándo querés esto?” La respuesta, siempre, es: “Para ayer”. La frase es notable: todo cuanto uno tenga que hacer es parte de su futuro, lo TIENE que hacer, es una de sus posibilidades y seguramente habrá de elegirla. Si, por el contrario, le dicen “para ayer” le quitan el futuro, el espacio de la posibilidad: ¿cuándo podrá hacer lo que le han pedido si le han anulado el tiempo? Nadie puede hacer algo “para ayer”. Porque nadie vive “ayer”, sino “hoy”. La frase anula la trascendencia humana. La locura de la “rapidez” acaba, de este modo, por aniquilar la temporalidad. La frase que más se oye es: “No hay tiempo”. “No tengo tiempo.” “No hay tiempo que alcance.” Hasta tal punto la rapidez ha reemplazado al tiempo, que lo mató.

La Revolución Comunicacional es así. Es la revolución que hizo el capitalismo para sucederse a sí mismo. Todo tiene que ser veloz en el capitalismo informático. Un misil o una imagen. Nos llega el diario, miramos la primera plana, leemos: “Decapitan a otro norteamericano en Irak”. Y al lado: “Se estrena Shrek II en 400 cines”. Y más abajo: “Violan y asesinan a una joven en Tucumán”. Y al lado: “El Fondo Monetario presiona otra vez”. Y luego: “Reportaje a Slavoj Zizek, el filósofo enamorado”. Y también: “Cómo se filmó el último episodio de Los Roldán: sección espectáculos”.
¿Qué queda? ¿Hay algo que permanezca? Los hechos son cosas. No hay “hechos” porque un “hecho” es un suceso interpretado. Una “cosa” no. Se supone que una cosa es lo que es y sobre ella se puede hablar infinitamente. Hasta la interpretación se está perdiendo. La rapidez de la radio o de la tele ya no interpreta, sólo arroja interminables palabras sobre los receptores. Palabras que terminan por no significar nada. Arroja también imágenes terribles. En Internet, igual. Pero sucede lo mismo. A la imagen de la tortura le sigue otra y otra y otra. Una publicidad. Una nota a alguien célebre. Un auto. Una licuadora. Un viaje a las Islas Seychelles. Todo es mercantilizable. Los soldados norteamericanos tienen cámaras minúsculas. Matan a un iraquí, lo fotografían y venden la foto a Internet. Donald Rumfeld se enfurece pero, por ahora, no puede evitarlo. Es como si los SS hubieran tomado fotos de los campos en –supongamos– 1942 o 1943 y luego las hubiesen vendido al mejor postor. El horror de esas torturas en Irak no es cualitativamente inferior al de los campos nacionalsocialistas. Pero el vértigo comunicacional les ha quitado dramaticidad a esas imágenes. Nos horrorizamos la primera vez que las vimos. Después no. Ahora ya son una modalidad del paisaje informativo. ¿Ante qué horror habrán de horrorizarse los hombres? ¿Qué imagen conseguirá detenerlos, no pasar a otra y permanecer en ella, reflexionando, sintiendo algo, asco, indignación, náusea, algo?

Por José Pablo Feinmannfein

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